Entren y lean esta fascinante historia sobre un niño con sueño.
Era la hora del recreo y mientras yo observaba a todos los niños posibles, un niño en concreto me observaba a mi. Más concretamente, observaba el banco donde yo estaba sentada y en el cual él se quería acostar.
Cuando me quise dar cuenta, ya se estaba dirigiendo hacia mi persona, dispuesto a contarme que “hoy estaba muy cansado”.
Este infante de, todavía, tres años y diez meses, se acercó y con mucho ímpetu se tumbó sobre mi pecho y, a modo de relajación, subía su mano hacía mi oreja y no paraba de tocarme el lóbulo. Era muy evidente que necesitaba un descanso y estaba buscando una zona de confort para hacerlo.
Dio la casualidad de que formaba parte del equipo del día y dentro de exactamente, cinco minutos tenía que ir a por la fruta. Con mucho tacto, se le preguntó si podía hacer el esfuerzo y levantarse e ir a la cocina para traer los platos y el cuchillo, pero su negación fue rotunda. Entonces intervino la maestra para aclararle lo siguiente:
“Si ahora no te encuentras con fuerzas, puedes descansar un ratito aquí o en el colchón del aula. Después, puedes volver a salir al patio y llevarte la fruta ya pelada y cortada para la clase.”
Y allí nos quedamos los dos, sumergidos en una vorágine de sueño que nos atrapó hasta que pudimos comer y recuperar un poco la fuerza, mientras tanto la maestra se encargaba de la comida de media mañana.
Esta anécdota nos recuerda la necesidad de respetar el cansancio mental y corporal de cada niño, atender a sus necesidad, pero sin olvidarnos de responsabilizarle por sus acciones.
