Entren y lean esta fascinante historia sobre mantener la paciencia.
Comenzaba el segundo recreo y la maestra decide quedarse dentro de la clase terminando unas tareas y yo soy enviada al patio, gestionando así los dos lugares.
Pasados diez minutos se encontraban en el porche dos niñas y un niño de la clase de 4 años jugando con los bloques de madera a las construcciones. El niño había comenzado a hacer su construcción desde que salió de la clase y para este momento, llevaba una torre considerablemente alta e inestable, sin embargo, ninguna de las maestras o practicantes que nos encontrábamos por allí se fijó en el potencial peligro y, posteriormente, daño que podía causar.
De repente, oí mi nombre a lo lejos. Me acerqué al aula y una de las maestras me explicó que una de las niñas se había hecho una brecha en la cabeza y que a su compañera le había salpicado un poco de sangre.
Cuando me quise dar cuenta me encontré limpiando un rastro de sangre que había dentro del aula, cambiándole la camiseta a la compañera y contestando una ristra de preguntas por parte de los niños, los cuales se habían quedado impresionados con la situación.
Esta puede parecer una anécdota sin más, no obstante, creo que es conveniente mencionarla ya que de ella derivan varias reflexiones y aprendizajes, por ejemplo:
La mejor baza de las maestras es la actuación. No es cuestión de forzar comportamiento, sino de enmascarar ciertas acciones y comentarios que creemos que no son útiles alrededor de los niños: gritar, correr o entrar en pánico.
¡Qué no cunda el pánico! Es decir, responder a todas las preguntas, intentando ser claros y no evasivos. Al fin y al cabo, dar explicaciones, suele calmar las ansias de saber.
