Entren y lean esta fascinante historia sobre un día demasiado intenso para todas las partes.
Eran las nueve y media de la mañana y avisamos a los niños de la clase de 4 años para ir a la asamblea y, aunque muchos aceptaran, otros tantos no querían dejar lo que estaban haciendo e, incluso, dos niñas rehuyeron durante todo el tiempo de la asamblea.
Eran las diez menos cuarto y la maestra decidió cortar la asamblea y ponernos por zonas de actividades. Hubo varios incidentes y muchísimo ruido, así que, de nuevo, sobre las diez dejó que los niños salieran al patio hasta la hora de comer la fruta.
La maestra me miró y coincidimos en el pensamiento: ¿qué estaba pasando?
Después de reflexionar sobre esta anécdota (un poco más genérica) podemos sacar varias conclusiones. Por ejemplo, ¿estaba fallando el contexto físico o ético? Y la respuesta era bastante clara. En cuanto al contexto físico, no hay quejas; la iluminación, la ventilación y la temperatura eran correctas, y la acústica, la distribución de los elementos y la decoración seguían siendo las mismas. Descartando esta opción, solo nos queda centrarnos en el contexto ético y, creemos que aquí estuvo el problema.
Muchos de los niños habían pasado por una entrada forzosa y/o involuntaria, debido a esto la maestra no pudo “controlar los comportamientos de muchos niños” y yo, la practicante, me encontraba leyendo cuentos a sólo cinco niñas, por lo que no estuve atenta a la intensidad que había llegado la situación.
En definitiva, el ambiente del aula “condiciona y es condicionado por el accionar de las personas, de ahí la importancia de que este sea flexible, actualizado y responda a las necesidades de los niños, niñas y de los otros actores preponderantes en la construcción del conocimiento”. (Castro y Morales, 2015, p.13)
Castro, M., Morales, M. E. 2015. Los ambientes de aula que promueven el aprendizaje, desde la perspectiva de los niños y niñas escolares. Revista Electrónica Educare, 19(13), 1-32.