Entren y lean esta fascinante historia sobre una adaptación impredecible.
Hoy comenzamos la semana como cualquier otro lunes, a excepción de unos pequeños (grandes) cambios.
Comenźabamos los treinta minutos de entrada y la maestra me comentó lo siguiente: decidió que esta semana nos centraremos en ayudar y favorecer la adaptación a las nuevas formaciones grupales que se introdujeron hace unos días. Para llevar esto a cabo, la rutina se ha modificado ligeramente. Durante estos días no habrá asamblea, a no ser que sea buscada por el grupo y además, tendrán más tiempo de recreo, sobre todo en el primer turno. Por último, ha insistido en ser más estrictas a la hora de mantener los grupos y las zonas de juego por, al menos, durante diez minutos.
Nos estábamos tomando el cambio “con pies de plomo”, ya que esperábamos cierta disconformidad por parte de los niños y cambios inesperados a raíz de esta decisión.
Para nuestra sorpresa, este lunes terminó siendo un día con un flujo de actividad y participación muy alta, así como una jornada donde la lección fue dirigida a nosotras, aprendiendo que si los cambios que introducimos son para la mejora, nunca están de más. Además, vemos crucial esta etapa “a caballo” entre la dinámica anterior y la que se pretende instaurar. Asimismo, podemos extrapolar la siguiente aclaración, a nuestra situación en el aula: “demasiadas reformas en serie anulan el objetivo perseguido, ya que no dan al sistema el tiempo necesario para impregnarse del nuevo espíritu y lograr que todos los agentes de la reforma estén en condiciones de participar en ella”. (Mufti et al, p. 23)
De esta manera, comprendemos que tanto los niños, como los adultos y los sistemas necesitan tiempo y “reformas” buscadas a largo plazo que culminen con la implicación de todas las partes para poder continuar con armonía.
Al Mufti, I. et al. Sin fecha. La educación encierra un tesoro. Santillana, Ediciones UNESCO.
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