Entren y lean esta fascinante historia sobre querer más responsabilidades.
Alrededor de las dos menos veinte, es decir quince minutos antes de lavarnos las manos y veinte antes de comer, he llamado al equipo del día para poner las mesas. Siempre cuesta que estos grupos formados por niños y niñas de tres y cuatro años dejen los juegos en los que están sumidos durante el recreo para entrar a hacer las tareas de la hora de comer. Sin embargo, una vez dentro todo fluye de otra manera.
Empezamos a lavarnos las manos, cogen un mantel cada uno y nos ayudamos a colocarlos. Seguidamente, reparto un par de servilletas a cada uno y el objetivo es poner una en cada sitio. He de decir, que las servilletas tienen más éxito que los manteles. Después, nos dirigimos hacia la cocina a buscar el carro con la comida y la cubertería. Este es el paso, sin duda, más esperado para ellos.
Una vez de vuelta al aula, cada niño recibe los platos de cuatro en cuatro y los reparte de igual manera que las servilletas y por último, vienen las jarras, una por cada niño: debe llenarlas y ponerlas en el centro de la mesa.
Hasta aquí son sus responsabilidades, no obstante, el grupo suele pedir poner los vasos y encargarse de los cubiertos, incluso, echar la comida.












