Entren y lean esta fascinante historia sobre crear un hábito.
Era la hora del recreo y yo, una practicante de veinticuatro años en tercero de carrera, me encontraba en uno de los bancos que hay en el patio observando el panorama y asistiendo a los que lo necesitaban.
De pronto, una niña de tres años del grupo al que fui asignada, hizo contacto visual con mi mirada e interpretó que podía venir hacia el banco y acostarse a mi vera. Me pareció muy tierna y sin pensarlo reforcé su comportamiento mostrándome cariñosa. Al poco rato buscó sentarse encima de mí, acción que yo no negué. Después de diez minutos, le pregunté si quería ir a jugar con los demás y ella, con mucho ímpetu, me respondió que no, “que se quería quedar conmigo”. En ese momento me di cuenta de las consecuencias que esto podía acarrear y tras insistirle, me levanté con ella y la llevé con otros niños.
Durante el transcurso de los dos recreos esta niña me buscaba más y más y demandaba que me sentase para ella ponerse encima y entendí que me había convertido en su zona de confort y habíamos creado un mal hábito.
Este es un aprendizaje demasiado importante como para obviar que ha pasado. Por ejemplo, Forés et al (2014) exponen que “las relaciones se ven alteradas por la comodidad, por lo conocido…”, algo muy importante que nos hace damos cuenta de que este tipo de comportamientos inducen a un bajo nivel social, ya que no suele socializar con sus iguales y con los adultos se mantiene aislada. Asimismo, se hace evidente un desajuste emocional que provoca celos hacia otros vínculos (por muy ligeros que sean) con la persona de apego. (p. 213)
Forés, A., Sánchez, J. y Sancho, J. M. 2014. Salir de la zona de confort. Dilemas y desafíos en el EEES. Tendencias Pedagógicas, 23, 205-214.
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