Entren y lean esta fascinante historia sobre la diferencia entre castigo y consecuencia.
Nos situamos en el momento de la asamblea, está el grupo de veinticuatro niños de entre tres y cuatro años ubicándose en el espacio y la maestra sentada en una de las sillas con un cuento en la mano. Segundos después, la maestra pide silencio y yo me recoloco entre varios niños que no siguen la dinámica, es decir, no guardan silencio, tampoco prestan atención y se mueven constantemente.
Pasan dos o tres minutos y no se consigue ningún cambio en la conducta de la clase. Parece ser que en el día de hoy el grupo está bastante más activo y se han formado varios corrillos que alzan la voz y deciden interactuar entre ellos, propiciando que los que sí están interesados en empezar la asamblea también pierdan las ganas.
La maestra intenta llamar la atención enseñando el libro, empezando a leerlo, moviéndose por el espacio, sentándose en el piso y dejando la silla de lado, e incluso, pidiendo a ciertos niños que se sentasen con o al lado de ella o de mí. Pero ninguna de estas estrategias tuvo éxito.
Durante estos estresantes minutos, la maestra nunca perdió la calma, tratando de hacerles entender que esos comportamientos molestaban a los demás, aunque no atendieran a sus peticiones. Finalmente, decidió no leer el libro. Cuando comentó esto muchos se sorprendieron y pidieron que lo leyese. Sin embargo, no cedió en su decisión porque fue tomada pensando en una consecuencia y como un aprendizaje, no como un castigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario