Entren y lean esta fascinante historia sobre unos recaditos distractores.
Nos encontrábamos al término del primer recreo, es decir, a cinco minutos de comer la fruta de media mañana y dos niñas de cuatro años pedían entrar al aula para ir al baño.
La maestra y yo ya sospechábamos el porqué de esta petición y decidimos pasar el fechillo de la puerta que da al corredor y dejarles pasar al baño con supervisión. Así, entraron al aula y seguidamente al baño, esperé fuera y pasados unos minutos pregunté si habían terminado. Al no obtener respuesta abrí la puerta y ya no estaban en el baño, pero tenía una idea de a dónde habían ido.
Quité el fechillo y allí se encontraban, escondidas en el hueco de debajo de las escaleras, en el pasillo.
Al ser este un comportamiento recurrente en ellas, ya me imaginaba que me iba a costar lidiar con la situación, sin embargo, era otra oportunidad para aplicar la práctica. Así que decidí pedirles por favor que entrasen en la clase o salieran al patio. Esto no funcionó y les expliqué que necesitábamos entrar en el aula y lavarnos las manos para comer la fruta, pero tampoco funcionó. En ese instante comenzó a entrar el grupo y la maestra se percató de la situación, decidiendo intervenir.
Se agachó y se acercó físicamente y les pidió un favor: llevar las cáscaras de fruta y las escudillas de vuelta a la cocina. Las dos accedieron rápidamente y contentas de tener una pequeña responsabilidad con un nivel de adquisición muy asequible.
Lo sentí casi como un milagro. Les “curó” la conducta. Y es que, creo que el aprendizaje más importante que nos puede proporcionar esta anécdota es que hay mil maneras de tratar las situaciones, algunas no funcionan, otras hacen poco y algunas dan resultados maravillosos. Así que no te rindas porque en la práctica está la perfección.
No hay comentarios:
Publicar un comentario