jueves, 7 de noviembre de 2024

VEINTITRÉS NIÑOS, UNA MAESTRA, UNA PRACTICANTE Y UN AULA


       Entren y lean esta fascinante historia sobre un día demasiado intenso para todas las partes.



Eran las nueve y media de la mañana y avisamos a los niños de la clase de 4 años para ir a la asamblea y, aunque muchos aceptaran, otros tantos no querían dejar lo que estaban haciendo e, incluso, dos niñas rehuyeron durante todo el tiempo de la asamblea.


Eran las diez menos cuarto y la maestra decidió cortar la asamblea y ponernos por zonas de actividades. Hubo varios incidentes y muchísimo ruido, así que, de nuevo, sobre las diez dejó que los niños salieran al patio hasta la hora de comer la fruta.


La maestra me miró y coincidimos en el pensamiento: ¿qué estaba pasando?



Después de reflexionar sobre esta anécdota (un poco más genérica) podemos sacar varias conclusiones. Por ejemplo, ¿estaba fallando el contexto físico o ético? Y la respuesta era bastante clara. En cuanto al contexto físico, no hay quejas; la iluminación, la ventilación y la temperatura eran correctas, y la acústica, la distribución de los elementos y la decoración seguían siendo las mismas. Descartando esta opción, solo nos queda centrarnos en el contexto ético y, creemos que aquí estuvo el problema.


Muchos de los niños habían pasado por una entrada forzosa y/o involuntaria, debido a esto la maestra no pudo “controlar los comportamientos de muchos niños” y yo, la practicante, me encontraba leyendo cuentos a sólo cinco niñas, por lo que no estuve atenta a la intensidad que había llegado la situación.


En definitiva, el ambiente del aula “condiciona y es condicionado por el accionar de las personas, de ahí la importancia de que este sea flexible, actualizado y responda a las necesidades de los niños, niñas y de los otros actores preponderantes en la construcción del conocimiento”. (Castro y Morales, 2015, p.13)



Castro, M., Morales, M. E. 2015. Los ambientes de aula que promueven el aprendizaje, desde la perspectiva de los niños y niñas escolares. Revista Electrónica Educare, 19(13), 1-32.

http://dx.doi.org/10.15359/ree.19-3.11 

miércoles, 6 de noviembre de 2024

DOS HERMANAS Y UNA PIZARRA

 Entren y lean esta fascinante historia sobre la corrección por imitación.



Nos encontrábamos en la hora del primer recreo, a unos cinco minutos del comienzo, y una de las maestras decidió sacar las tizas para pintar en la pizarra del porche. 


Una de las niñas del grupo de cinco y seis años y su hermana inscrita en un curso menor, cuatro y cinco años comenzaron a sacar las tizas de su caja y pintar con ellas en la pizarra. Minutos después, comenzaron a pintar las paredes de alrededor y la maestra, poco contenta por la acción decidió intervenir en la situación.


Cuando las dos niñas se percataron de la presencia de la maestra intentaron escabullirse, aunque sin mucho éxito. Esta les preguntó por qué habían pintado las paredes si tenían la superficie de la pizarra y la hermana mayor le explicó (muy vagamente)  que querían probar en el fondo blanco. En vistas de esta contestación, la maestra les recuerda que “no pintamos las paredes” y que por favor fueran a por un paño y lo mojasen para limpiarlas. 


La maestra les explicó cómo usarlo, se lo pasó a la hermana mayor y esta, imitó el movimiento. Y para seguir con la dinámica,  la hermana pequeña también intentó hacer la misma acción, una vez tuvo el trapo en su posesión.


Esta experiencia nos recuerda que “lo que se desee que el niño haga o diga hay que modelarlo. Eventualmente, el niño no sólo imitará sino que comenzará a actuar por motivación propia”. (García, https://www.supera.mx/articulos/articulos-2/2-los-ninos-y-la-imitacion/ )


martes, 5 de noviembre de 2024

DOS NIÑAS, UNA RABIETA Y UNA PETICIÓN APETECIBLE


Entren y lean esta fascinante historia sobre unos recaditos distractores.



Nos encontrábamos al término del primer recreo, es decir, a cinco minutos de comer la fruta de media mañana y dos niñas de cuatro años pedían entrar al aula para ir al baño. 


La maestra y yo ya sospechábamos el porqué de esta petición y decidimos pasar el fechillo de la puerta que da al corredor y dejarles pasar al baño con supervisión. Así, entraron al aula y seguidamente al baño, esperé fuera y pasados unos minutos pregunté si habían terminado. Al no obtener respuesta abrí la puerta y ya no estaban en el baño, pero tenía una idea de a dónde habían ido.


Quité el fechillo y allí se encontraban, escondidas en el hueco de debajo de las escaleras, en el pasillo.


Al ser este un comportamiento recurrente en ellas, ya me imaginaba que me iba a costar lidiar con la situación, sin embargo, era otra oportunidad para aplicar la práctica. Así que decidí pedirles por favor que entrasen en la clase o salieran al patio. Esto no funcionó y les expliqué que necesitábamos entrar en el aula y lavarnos las manos para comer la fruta, pero tampoco funcionó. En ese instante comenzó a entrar el grupo y la maestra se percató de la situación, decidiendo intervenir.


Se agachó y se acercó físicamente y les pidió un favor: llevar las cáscaras de fruta y las escudillas de vuelta a la cocina. Las dos accedieron rápidamente y contentas de tener una pequeña responsabilidad con un nivel de adquisición muy asequible.

Lo sentí casi como un milagro. Les “curó” la conducta. Y es que, creo que el aprendizaje más importante que nos puede proporcionar esta anécdota es que hay mil maneras de tratar las situaciones, algunas no funcionan, otras hacen poco y algunas dan resultados maravillosos. Así que no te rindas porque en la práctica está la perfección.


lunes, 4 de noviembre de 2024

CUARENTA NIÑOS Y UNOS DIBUJOS ANIMADOS


Entren y lean esta fascinante historia sobre animaciones inadecuadas.



Corrían los últimos treinta minutos del segundo recreo y empezó a chispear. En ese momento las maestras pensaron que sería buena idea subir a las dos clases, la de cuatro y la de cinco años, a un aula con proyector para ver alguna producción audiovisual.


Aunque había algunos niños que se mostraban reticentes, la presión social pudo con ellos. Casi todos, contentos subimos al aula y nos sentamos en el piso expectantes por lo que saldría en esa “televisión” (como la llamaba un niño).


De pronto, algunos niños de la clase de cinco años recomendaron: “Los tres cerditos y el lobo” y uno de ellos especificó un video en concreto. Con la misma facilidad que este niño dio su propuesta, la maestra aceptó a la misma.


Pasaban los minutos y los dibujos se volvían cada vez más violentos; hablaban incluyendo despectivos y palabrotas, se mostraba una maldad deliberada mediante tonos pícaros y muchas situaciones de lucha física, dividiendo a los personajes en “buenos” y “malos”. Asimismo, algunos niños parecían no entenderlos y no gustarles, sobre todo a niños de la clase de cuatro años. Incluso, se podía diferenciar quienes se estaban riendo por una cuestión social y querer encajar en el grupo. Finalmente, después de la hora de comer una niña se quejó, exponiendo lo “malvado” que era el lobo y un niño expresó que sintió miedo.


En definitiva, esta experiencia nos aporta conocimientos muy interesantes. Para empezar, las visualizaciones que se hagan en la escuela deben ser revisadas con anterioridad o conocer su contenido, evitando así, este tipo de situaciones. Segundo, ¿por qué tenemos que tener en cuenta lo que provocan los contenidos? Esta cuestión es explicada con creces por Arriaga, 2017:


“los dibujos animados mantienen una marcada influencia de mensajes subliminales que dejan a los niños y niñas relacionados a la imitación de ciertos patrones a los que se exponen en  los  diferentes contenidos relacionados a la violencia, vista desde el hecho de la heroicidad hasta el  insulto como mecanismo de defensa, estos mensajes se ve reflejada en la falta de tolerancia entre los  niños”. (p.384)


Arriaga, M. (2017). Conductas agresivas de los niños por influencia de los dibujos animados violentos. Revista De Investigaciones, 6(4), 377-385. 

https://doi.org/10.26788/riepg.v6i4.129



miércoles, 30 de octubre de 2024

CINCO NIÑOS Y LA HORA DE COMER

 


Entren y lean esta fascinante historia sobre querer más responsabilidades.



Alrededor de las dos menos veinte, es decir quince minutos antes de lavarnos las manos y veinte antes de comer, he llamado al equipo del día para poner las mesas. Siempre cuesta que estos grupos formados por niños y niñas de tres y cuatro años dejen los juegos en los que están sumidos durante el recreo para entrar a hacer las tareas de la hora de comer. Sin embargo, una vez dentro todo fluye de otra manera. 


Empezamos a lavarnos las manos, cogen un mantel cada uno y nos ayudamos a colocarlos. Seguidamente, reparto un par de servilletas a cada uno y el objetivo es poner una en cada sitio. He de decir, que las servilletas tienen más éxito que los manteles. Después, nos dirigimos hacia la cocina a buscar el carro con la comida y la cubertería. Este es el paso, sin duda, más esperado para ellos.


Una vez de vuelta al aula, cada niño recibe los platos de cuatro en cuatro y los reparte de igual manera que las servilletas y por último, vienen las jarras, una por cada niño: debe llenarlas y ponerlas en el centro de la mesa. 


Hasta aquí son sus responsabilidades, no obstante, el grupo suele pedir poner los vasos y encargarse de los cubiertos, incluso, echar la comida.


       Es muy interesante el porqué de estas decisiones: por qué buscan más responsabilidades, por qué lo quieren hacer ellos, y simplemente, tenemos que recordar que estos niños están en busca de su autonomía, y que las responsabilidades y la autodeterminación son un medio que proporciona satisfacción en este sentido. Asimismo, no podemos olvidarnos de que también están adquiriendo las normas sociales y en este proceso las maestras tienen la oportunidad de crear límites, implementar un orden e insistir en cumplirlos.

martes, 29 de octubre de 2024

UNA RUTINA ROTA Y UNA ADAPTACIÓN FABULOSA

 



Entren y lean esta fascinante historia sobre una adaptación impredecible.



Hoy comenzamos la semana como cualquier otro lunes, a excepción de unos pequeños (grandes) cambios. 


Comenźabamos los treinta minutos de entrada y la maestra me comentó lo siguiente: decidió que esta semana nos centraremos en ayudar y favorecer la adaptación a las nuevas formaciones grupales que se introdujeron hace unos días. Para llevar esto a cabo, la rutina se ha modificado ligeramente. Durante estos días no habrá asamblea, a no ser que sea buscada por el grupo y además, tendrán más tiempo de recreo, sobre todo en el primer turno. Por último, ha insistido en ser más estrictas a la hora de mantener los grupos y las zonas de juego por, al menos, durante diez minutos.


Nos estábamos tomando el cambio “con pies de plomo”, ya que esperábamos cierta disconformidad por parte de los niños y cambios inesperados a raíz de esta decisión.


Para nuestra sorpresa, este lunes terminó siendo un día con un flujo de actividad y participación muy alta, así como una jornada donde la lección fue dirigida a nosotras, aprendiendo que si los cambios que introducimos son para la mejora, nunca están de más. Además, vemos crucial esta etapa “a caballo” entre la dinámica anterior y la que se pretende instaurar. Asimismo, podemos extrapolar la siguiente aclaración, a nuestra situación en el aula: “demasiadas reformas en serie anulan el objetivo perseguido, ya que no dan al sistema el tiempo necesario para impregnarse del nuevo espíritu y lograr que todos los agentes de la reforma estén en condiciones de participar en ella”. (Mufti et al, p. 23)


De esta manera, comprendemos que tanto los niños, como los adultos y los sistemas necesitan tiempo y “reformas” buscadas a largo plazo que culminen con la implicación de todas las partes para poder continuar con armonía.



Al Mufti, I. et al. Sin fecha. La educación encierra un tesoro. Santillana, Ediciones UNESCO. 

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lunes, 28 de octubre de 2024

UNOS BLOQUES DE MADERA Y UNA NIÑA

 


Entren y lean esta fascinante historia sobre mantener la paciencia.



Comenzaba el segundo recreo y la maestra decide quedarse dentro de la clase terminando unas tareas y yo soy enviada al patio, gestionando así los dos lugares.


Pasados diez minutos se encontraban en el porche dos niñas y un niño de la clase de 4 años jugando con los bloques de madera a las construcciones. El niño había comenzado a hacer su construcción desde que salió de la clase y para este momento, llevaba una torre considerablemente alta e inestable, sin embargo, ninguna de las maestras o practicantes que nos encontrábamos por allí se fijó en el potencial peligro y, posteriormente, daño que podía causar.


De repente, oí mi nombre a lo lejos. Me acerqué al aula y una de las maestras me explicó que una de las niñas se había hecho una brecha en la cabeza y que a su compañera le había salpicado un poco de sangre. 


Cuando me quise dar cuenta me encontré limpiando un rastro de sangre que había dentro del aula, cambiándole la camiseta a la compañera y contestando una ristra de preguntas por parte de los niños, los cuales se habían quedado impresionados con la situación. 


Esta puede parecer una anécdota sin más, no obstante, creo que es conveniente mencionarla ya que de ella derivan varias reflexiones y aprendizajes, por ejemplo:

  • La mejor baza de las maestras es la actuación. No es cuestión de forzar comportamiento, sino de enmascarar ciertas acciones y comentarios que creemos que no son útiles alrededor de los niños: gritar, correr o entrar en pánico.

  • ¡Qué no cunda el pánico! Es decir, responder a todas las preguntas, intentando ser claros y no evasivos. Al fin y al cabo, dar explicaciones, suele calmar las ansias de saber.


UNA ACTIVIDAD Y UNOS NIÑOS SIN OBJETIVOS

     Esta experiencia tuvo lugar en el aula del segundo año del segundo ciclo de Educación Infantil, alrededor de las 12:30, durante una act...