jueves, 14 de noviembre de 2024

UNA NOTA Y UN SENTIMIENTO

 


Entren y lean esta fascinante historia sobre la importancia del respeto.



Esta anécdota tuvo lugar en los treinta minutos de entrada y participaron dos niñas de cuatro años que querían “escribirle” una nota a las familias. Nos pidieron: cartulinas, rotuladores, pegamento, tijeras y papel de reciclaje y, como no podía ser de otro modo, todos estos materiales se encontraban a su disposición, así que se pusieron a ello. Casi pasada la media hora, una de estas niñas se levantó de la silla y llorando se acercó a la maestra. Esta le pidió que se calmara y le contara lo que había pasado con tranquilidad para poder entenderse mejor.


La niña muy nerviosa, no paraba de soltar palabras por la boca, sin embargo, ninguna de ellas se entendía. Inmersas en aquella vorágine de llanto y caras de tristeza, vislumbramos un pequeño papel roto en su mano. Entonces fue cuando entendimos que quería decirnos. Algo más calmada nos explicó que la otra niña se lo había pintado y roto además, le había dicho que “estaba muy feo”. En ese momento, la maestra buscó a la otra parte implicada y le explicó la importancia que tenía para ella (pudiendo extrapolarse a cualquiera de nosotros) lo que había creado. Y describió el sentimiento que florecía cuando intervienen sin desearlo y sin buenas intenciones en nuestros trabajos.



Como lección, esta anécdota nos enseña que cada persona le da un valor diferente a lo que podemos considerar “lo mismo” y es una cuestión que se debe respetar e influye directamente con la autoestima. Este último es un término que debe estar muy presente en la educación infantil y que representa un reto tanto para los niños como para los maestros. De esta manera, podemos recordar que “el mejor camino para desarrollar una autoestima positiva es a través de la creación de un clima de relaciones personales donde la persona experimente seguridad, respeto, aceptación y libertad para actuar; donde sienta la amistad y el apoyo de los demás”. (Roa, 2013, p.246)




REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Roa, A. (2013). La educación emocional, el autoconcepto, la autoestima y su importancia en Educación Infantil. EDETANIA 44, 241-247.

https://riucv.ucv.es/bitstream/handle/20.500.12466/678/210

miércoles, 13 de noviembre de 2024

UNA NIÑA Y UN CAMBIO INDUCIDO

 


Entren y lean esta fascinante historia sobre romper un hábito.



Hoy la maestra había decidido dejar los veinte minutos de juego por zonas y, cambio sumar ese tiempo al del primer recreo. Una vez en el patio, me encontraba, de nuevo, sentada en uno de los bancos y la niña, protagonista de la anécdota anterior, se acercó rápidamente y se subió en mis muslos sin pensárselo dos veces y así, “sin perdón ni permiso” se acurrucó en mi regazo.


Una de las maestras que estaba en el patio le pidió a la niña que se fuese a jugar con los demás, sin embargo, no le hizo caso y con la mirada entendí que era mi turno para intentar “alejarla de esta conducta”. 


Con mucha pena y mucho tacto le pedí, por favor, que se bajase y buscase algún juego o espacio al que quisiese ir, no obstante, se negaba rotundamente a “dejarme atrás”. Así que decidí trabajar mediante la negociación y la claridad.


Primero le dije que dentro de poco necesitaba levantarme y ella tendría que hacerlo también y, al cabo de unos segundos, nos levantamos. Al ver que no soltaba la mano, le pregunté si quería que le acompañase a alguna zona de juego e, inmediatamente le expliqué que una vez allí me iría y ella podría seguir jugando, que después nos veríamos en clase. Aunque no se mostró muy de acuerdo finalmente aceptó. Fuimos hacía el porche y con delicadeza intenté que me soltara la mano y me fui.


Tuvimos la necesidad de repetir varias veces los acuerdos pero no podemos verlo desde el fracaso sino desde una perspectiva mucho más amplia: la del aprendizaje y deconstrucción del hábito, cuestiones que no solo son difíciles para los niños sino para todas las personas.                                                        

martes, 12 de noviembre de 2024

UNA PRACTICANTE Y UNA NIÑA

    

       Entren y lean esta fascinante historia sobre crear un hábito.



Era la hora del recreo y yo, una practicante de veinticuatro años en tercero de carrera, me encontraba en uno de los bancos que hay en el patio observando el panorama y asistiendo a los que lo necesitaban.


De pronto, una niña de tres años del grupo al que fui asignada, hizo contacto visual con mi mirada e interpretó que podía venir hacia el banco y acostarse a mi vera. Me pareció muy tierna y sin pensarlo reforcé su comportamiento mostrándome cariñosa. Al poco rato buscó sentarse encima de mí, acción que yo no negué. Después de diez minutos, le pregunté si quería ir a jugar con los demás y ella, con mucho ímpetu, me respondió que no, “que se quería quedar conmigo”. En ese momento me di cuenta de las consecuencias que esto podía acarrear y tras insistirle, me levanté con ella y la llevé con otros niños.


Durante el transcurso de los dos recreos esta niña me buscaba más y más y demandaba que me sentase para ella ponerse encima y entendí que me había convertido en su zona de confort y habíamos creado un mal hábito.



Este es un aprendizaje demasiado importante como para obviar que ha pasado. Por ejemplo, Forés et al (2014) exponen que “las relaciones se ven alteradas por la comodidad, por lo conocido…”, algo muy importante que nos hace damos cuenta de que este tipo de comportamientos inducen a un bajo nivel social, ya que no suele socializar con sus iguales y con los adultos se mantiene aislada. Asimismo, se hace evidente un desajuste emocional que provoca celos hacia otros vínculos (por muy ligeros que sean) con la persona de apego. (p. 213)




Forés, A., Sánchez, J. y Sancho, J. M. 2014. Salir de la zona de confort. Dilemas y desafíos en el EEES. Tendencias Pedagógicas, 23, 205-214.

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4665924.pdf 

lunes, 11 de noviembre de 2024

UN NIÑO Y UNAS FRUTAS

 


Entren y lean esta fascinante historia sobre el efecto del refuerzo positivo y de una buena corrección.


Quedaban quince minutos para entrar a comernos la fruta y un niño de tres años no paraba de subirse a la mesa donde estábamos pelando la fruta las maestras. Cada segundo estaba más cerca del bol de las pieles  y de los platos con la comida. Momentos después se balanceó hacía adelante intentando conseguir algún trozo. 

Desde el comienzo se le pidió, por favor, que no tocase la comida y se le explicó el porqué. No obstante, esta acción no tuvo éxito, como ya hemos expuesto. De esta manera, la maestra decide colocarlo en el banco de enfrente y cada cierto tiempo y mientras no se moviese le aplicaba un refuerzo positivo. Uno de tipo social, ya que le solía felicitar y recalcar que bien lo estaba haciendo. Mientras tanto le seguía explicando por qué no podía tocar ni comer la fruta todavía. 

A los diez minutos, cuando se les llamó para lavarse las manos, este niño miró a la maestra pidiendo confirmación y cuando la obtuvo, se levantó y fue rápidamente al baño, ilusionado porque llegase la hora del desayuno de media mañana.

Este episodio muestra el poder y sentido del uso del refuerzo positivo, la cual promueve comportamientos deseados mediante el reconocimiento y la motivación. Aunque siempre hay que estar pendiente del doble filo, ya que podríamos reforzar otros no deseados. 

Como indica Skinner, representante del conductismo, el refuerzo positivo aumenta la probabilidad de que un comportamiento se repita al recompensarlo. En el contexto infantil, este tipo de enfoque favorece el desarrollo emocional, ayudando a ver los errores como una oportunidad de aprendizaje y no como un obstáculo.


Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior

https://www.bfskinner.org/newtestsite/wp-content/uploads/2014/02/ScienceHumanBehavior.pdf 

jueves, 7 de noviembre de 2024

VEINTITRÉS NIÑOS, UNA MAESTRA, UNA PRACTICANTE Y UN AULA


       Entren y lean esta fascinante historia sobre un día demasiado intenso para todas las partes.



Eran las nueve y media de la mañana y avisamos a los niños de la clase de 4 años para ir a la asamblea y, aunque muchos aceptaran, otros tantos no querían dejar lo que estaban haciendo e, incluso, dos niñas rehuyeron durante todo el tiempo de la asamblea.


Eran las diez menos cuarto y la maestra decidió cortar la asamblea y ponernos por zonas de actividades. Hubo varios incidentes y muchísimo ruido, así que, de nuevo, sobre las diez dejó que los niños salieran al patio hasta la hora de comer la fruta.


La maestra me miró y coincidimos en el pensamiento: ¿qué estaba pasando?



Después de reflexionar sobre esta anécdota (un poco más genérica) podemos sacar varias conclusiones. Por ejemplo, ¿estaba fallando el contexto físico o ético? Y la respuesta era bastante clara. En cuanto al contexto físico, no hay quejas; la iluminación, la ventilación y la temperatura eran correctas, y la acústica, la distribución de los elementos y la decoración seguían siendo las mismas. Descartando esta opción, solo nos queda centrarnos en el contexto ético y, creemos que aquí estuvo el problema.


Muchos de los niños habían pasado por una entrada forzosa y/o involuntaria, debido a esto la maestra no pudo “controlar los comportamientos de muchos niños” y yo, la practicante, me encontraba leyendo cuentos a sólo cinco niñas, por lo que no estuve atenta a la intensidad que había llegado la situación.


En definitiva, el ambiente del aula “condiciona y es condicionado por el accionar de las personas, de ahí la importancia de que este sea flexible, actualizado y responda a las necesidades de los niños, niñas y de los otros actores preponderantes en la construcción del conocimiento”. (Castro y Morales, 2015, p.13)



Castro, M., Morales, M. E. 2015. Los ambientes de aula que promueven el aprendizaje, desde la perspectiva de los niños y niñas escolares. Revista Electrónica Educare, 19(13), 1-32.

http://dx.doi.org/10.15359/ree.19-3.11 

miércoles, 6 de noviembre de 2024

DOS HERMANAS Y UNA PIZARRA

 Entren y lean esta fascinante historia sobre la corrección por imitación.



Nos encontrábamos en la hora del primer recreo, a unos cinco minutos del comienzo, y una de las maestras decidió sacar las tizas para pintar en la pizarra del porche. 


Una de las niñas del grupo de cinco y seis años y su hermana inscrita en un curso menor, cuatro y cinco años comenzaron a sacar las tizas de su caja y pintar con ellas en la pizarra. Minutos después, comenzaron a pintar las paredes de alrededor y la maestra, poco contenta por la acción decidió intervenir en la situación.


Cuando las dos niñas se percataron de la presencia de la maestra intentaron escabullirse, aunque sin mucho éxito. Esta les preguntó por qué habían pintado las paredes si tenían la superficie de la pizarra y la hermana mayor le explicó (muy vagamente)  que querían probar en el fondo blanco. En vistas de esta contestación, la maestra les recuerda que “no pintamos las paredes” y que por favor fueran a por un paño y lo mojasen para limpiarlas. 


La maestra les explicó cómo usarlo, se lo pasó a la hermana mayor y esta, imitó el movimiento. Y para seguir con la dinámica,  la hermana pequeña también intentó hacer la misma acción, una vez tuvo el trapo en su posesión.


Esta experiencia nos recuerda que “lo que se desee que el niño haga o diga hay que modelarlo. Eventualmente, el niño no sólo imitará sino que comenzará a actuar por motivación propia”. (García, https://www.supera.mx/articulos/articulos-2/2-los-ninos-y-la-imitacion/ )


martes, 5 de noviembre de 2024

DOS NIÑAS, UNA RABIETA Y UNA PETICIÓN APETECIBLE


Entren y lean esta fascinante historia sobre unos recaditos distractores.



Nos encontrábamos al término del primer recreo, es decir, a cinco minutos de comer la fruta de media mañana y dos niñas de cuatro años pedían entrar al aula para ir al baño. 


La maestra y yo ya sospechábamos el porqué de esta petición y decidimos pasar el fechillo de la puerta que da al corredor y dejarles pasar al baño con supervisión. Así, entraron al aula y seguidamente al baño, esperé fuera y pasados unos minutos pregunté si habían terminado. Al no obtener respuesta abrí la puerta y ya no estaban en el baño, pero tenía una idea de a dónde habían ido.


Quité el fechillo y allí se encontraban, escondidas en el hueco de debajo de las escaleras, en el pasillo.


Al ser este un comportamiento recurrente en ellas, ya me imaginaba que me iba a costar lidiar con la situación, sin embargo, era otra oportunidad para aplicar la práctica. Así que decidí pedirles por favor que entrasen en la clase o salieran al patio. Esto no funcionó y les expliqué que necesitábamos entrar en el aula y lavarnos las manos para comer la fruta, pero tampoco funcionó. En ese instante comenzó a entrar el grupo y la maestra se percató de la situación, decidiendo intervenir.


Se agachó y se acercó físicamente y les pidió un favor: llevar las cáscaras de fruta y las escudillas de vuelta a la cocina. Las dos accedieron rápidamente y contentas de tener una pequeña responsabilidad con un nivel de adquisición muy asequible.

Lo sentí casi como un milagro. Les “curó” la conducta. Y es que, creo que el aprendizaje más importante que nos puede proporcionar esta anécdota es que hay mil maneras de tratar las situaciones, algunas no funcionan, otras hacen poco y algunas dan resultados maravillosos. Así que no te rindas porque en la práctica está la perfección.


UNA ACTIVIDAD Y UNOS NIÑOS SIN OBJETIVOS

     Esta experiencia tuvo lugar en el aula del segundo año del segundo ciclo de Educación Infantil, alrededor de las 12:30, durante una act...